Tener un bebe no siempre es lo que imaginas, eso de que los niños no vienen con libro de instrucciones es cierto, pero algo dentro de nosotras está programado y preparado para hacer frente al reto con éxito. Todas las mamás se encuentran con esta experiencia que en muchas ocasiones es difícil y dura y la superan con éxito gracias a eso que llaman instinto...
Cuando llegamos a casa con Darío mi instinto de madre afloró... me sentí capaz de todo. No me sentí extraña a pesar de que era la primera vez que tenía un bebé en mis manos y que no había cambiado un pañal jamás... de algún modo que no puedo explicar sabía lo que tenía que hacer, estaba segura de mi misma, confiada. Sin embargo, las dificultades empezaron a aflorar pronto. Con apenas unos días de vida Darío empezó a dar muestras de lo duro que puede ser criar a un bebé.
Darío empezó a llorar de manera desconsolada más o menos al tercer día de nacer. Lloraba y lloraba sin encontrar consuelo en la teta o en los brazos de mamá. Deduje que debían ser cólicos de lactante y me fui a la pediatra a ver que podía aconsejarme...
Los pediatras y su forma de deslegitimar a la madre... puso en duda que fueran cólicos y la respuesta que obtuve es que los bebés lloran... así que me fui a casa con mi bebé y asumí que me había tocado un bebé llorón y me propuse no ser la típica mamá primeriza histérica que se preocupa por nada...
Pero Darío seguía llorando y llorando. Dormía poco para ser un bebé de apenas semanas y su sueño era intranquilo, irritado... apenas el vuelo de una mosca podía despertarlo. Buscaba el contacto físico constantemente. No solo necesitaba ayuda y brazos para dormirse sino también para permanecer dormido. Pensamos que los cólicos lo tenían incómodo y probamos todo tipo de remedios para ayudarle a expulsar los gases... masajes, coliquin, colimil, posturas bocabajo, incluso, en los momentos mas críticos una sonda... nada conseguía que mi pequeño se aliviara... así que empecé a sentir que algo no iba bien, pero no escuche mi instinto. Darío se daba la vuelta en la cuna con menos de un mes de vida, demandaba brazos constantemente, no dormía ni de noche ni de día y por tanto yo tampoco. El cansancio y la falta de sueño pusieron a prueba mi capacidad como madre para amar a mi hijo por encima de todo. Necesite apoyo hasta para ir al váter y empecé a sentir un leve rechazo hacia la maternidad.
Las sucesivas visitas al pediatra fueron por el estilo, al mes de vida fuimos a la revisión del niño sano y le comenté a la pediatra mi intranquilidad. Darío parecía sano, hacia un peso razonable entre 100 y 150 gr por semana... no era mucho pero se considera normal, tenía buen tono, estaba alerta y todos los parámetros físicos evidentes hacían pensar que era un bebé normal así que volví a recibir la misma respuesta a mi intranquilidad... los niños lloran asúmelo...
Estas respuestas consiguieron que dejara de escuchar mi instinto, le di la espalda convencida de que era producto de una intranquilidad desfundamentada y que no debía preocuparme tanto. Tantas veces escuché que era normal que me lo creí y cometí el mayor error de mi vida, acalle las voces de mi instinto y asumí que Darío era un bebé difícil.
Superé la primera fase de rechazo gracias a la fortaleza mental de la que dispongo y no me dejé caer en una depresión postparto, aunque estuve al borde de ella sin ser consciente en aquel momento. Con el apoyo de mi marido y de mi entorno, conseguí suficientes horas de sueño para poder conducir y trasladarme a casa de mi madre para que me echara una mano y poder ducharme. Darío seguía llorando. Ir con él en el coche era un martirio chino... LLORABA Y LLORABA con un llanto taladrante que te reventaba los oídos. Si no se dormía en el coche, el viaje con él podía ser una tortura, así que tuve que desarrollar una cierta tolerancia a su llano para poder concentrarme en llevar el coche y no estrellarlo en le corto pero a la vez interminable camino a casa de mi madre.
Empecé a desarrollar estrategias que me ayudaron a sobrellevar la situación. Empecé a portear a Darío en un Fular y eso me proporcionó cierta libertad y algo de paz. Darío conseguía relajarse en el fular y dejaba de llorar a ratos e incluso se dormía un ratito de vez en cuando. Pero el nivel de cansancio era tan alto que necesité delegar en el padre y en la abuela para alcanzar paz mental y recargar pilas. Ese delegar no me sentó nada bien. Despertó en mi sentimientos encontrados que no supe como digerir. Por un lado necesitaba un kit-kat... y no veía el momento en que mi marido cogiera a Darío y tratara de dormirlo, pero por otro me causaba una gran frustración como madre. Mi niño encontraba el consuelo antes con otras personas que conmigo. Su padre parecía ser la única persona con el karma necesario para dormirlo y los sueños de Darío empezaron a asociarse a la paternidad.
Cómo algo tan mágico como la maternidad podía hacerme sentir tan frustrada??? la respuesta está clara ahora, pero en aquel momento no supe verlo. Dejé de escuchar mi instinto que me estaba gritando ALGO NO ESTA BIEN EN DARÍO. Ahora se que siempre fui consciente, siempre supe que algo estaba mal y mal asumí que era una histérica porque la sociedad en su conjunto está predispuesta a ver a la madre como un ser histérico y tiende a deslegitimarla. Le di la espalada a la llamada a gritos de la naturaleza porque no supe escucharla, porque no estamos educados para escucharla. Me dejé llevar.
Evidentemente... no todo fue tan malo. Darío era un niño atípico pero encantador y la experiencia maternal fue dura pero conforme me fui recuperando del parto y me fui amoldando a la nueva situación mi amor de madre fue creciendo y viví esa experiencia tan necesaria para la mujer... ME ENAMORE PROFUNDAMENTE DE MI BEBE. No quiero ser injusta. Empecé este blog para volcar aquí mis frustraciones y esto hace que el tono resulte negativo, pero como en todo, esto también tiene una cara y una cruz. También hay una historia de amor y entrega, de normalidad maternal y de disfrute de mi bebé. La dificultad de ser primeriza se convirtió también en una ventaja ya que al no tener experiencia con la que comparar asumí la situación con naturalidad y pude disfrutar de un bebé maravilloso que me ha dado los peores y los mejores... SOBRE TODO LOS MEJORES momentos de mi vida.
Si tuviera que definir a Darío diría que es un niño de extremos: puede ser el más llorón y a la vez el más feliz, si llora lo hace como si el mundo se acabara, pero ríe con la misma intensidad. Su forma de disfrutar de las cosas llama la atención a la gente porque su risa lo llena todo al igual que cuando sufre una rabieta el mundo se resquebraja. Su mirada puede ser tan desafiante como encantadora, si se divierte lo hace como si no existiera nada más que él y su juego igual que si se aburre puede ser insoportable... es un niño de extremos que no tiene término medio y consigue que LO AMES O LO "ODIES" así que va por el mundo encantando serpientes.
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