27 meses tenía Darío cuando empezó a comunicarse, 27 meses y afloraron sus primeras palabras funcionales... por fin empezamos a entendernos y por fin me llamó MAMÁ...
Si algo he aprendido en este «viaje a Holanda» es a apreciar de una manera especial las pequeñas cosas. El mundo del TEA es un mundo de detalles, algunas veces tan insignificantes que pasan desapercibido para los «neurotipicos»... estos detalles se hicieron visibles para mí a través de los ojos de mi hijo.
Las cosas pequeñas, breves, sutiles... esas... toman un valor incalculable cuando has carecido de ellas. Nunca un beso ha sabido mejor, nunca un abrazo ha sido tan intenso, jamás un dedo dijo tanto y nadie ha pronunciado la palabra MAMÁ mejor que mi hijo. A los 27 meses se produjo el milagro, Darío me llamó mamá por primera vez y la emoción inundó el momento. A partir de este momento y conforme mi pequeño tomaba conciencia del efecto de sus primeras palabras en el mundo caótico que le rodeaba, me llamó «MAMÁ-MAMI», fruto de la comprensible confusión de si me llamaba mamá, tal como le enseñaban los psicólogos, o era mami como me llamaba papá. Tan adorable, mamá-mami fue música celestial para mis oídos durante un largo periodo de tiempo y me hizo una mamá «especial». Por supuesto, papa era «PAPÁ-PAPI» jajaja.
Dejo aquí un hermoso relato que no me pertenece pero con el que yo y todas las mamás que emprendemos esta aventura nos identificamos plenamente.
BIENVENIDOS A HOLANDA
(por Emily Kingsley, 1987)
A menudo me piden que describa la experiencia de criar a un niño con discapacidad, que intente ayudar a la gente que no ha compartido esta experiencia única a entenderla, a imaginar cómo se sentirían. Pues es así….
Cuando vas a tener un niño es como planear unas fabulosas vacaciones a Italia. Te compras un montón de guías y empiezas a hacer planes fantásticos. El Coliseo. El David de Miguel Ángel. Las góndolas de Venecia. Incluso aprendes algunas frases útiles en italiano. Resulta muy emocionante.
Después de un montón de meses de ansiosa espera, por fin llega el día. Haces tu maleta y allá vas. Varias horas después, el avión aterriza. Aparece la azafata y anuncia: “Bienvenidos a Holanda”
“¿Holanda?” te preguntas “¿cómo que Holanda? ¡Yo he contratado un viaje a Italia! Se supone que debería estar en Italia. Toda la vida he soñado con ir a Italia”.
Pero ha habido un cambio en la ruta del vuelo. Ha aterrizado en Holanda y te tienes que quedar aquí.
Lo más importante es que no te han llevado a un lugar horrible, repelente y sucio, repleto de pestilencia, hambre y padecimiento. Es simplemente un lugar distinto.
Así que tienes que salir y comprarte nuevas guías. También debes aprender un nuevo idioma. Y conoces a un grupo nuevo de gente que de otra forma nunca hubieras conocido.
Es simplemente diferente. Tiene un ritmo más lento que Italia, es menos vistoso que Italia. Pero después de un tiempo de estar allí, respiras profundamente, miras a tu alrededor… y empiezas a darte cuenta de que en Holanda hay molinos… y hay tulipanes. Holanda tiene incluso Rembrandts.
Pero todos tus conocidos están ocupados yendo y viniendo de Italia… y alardean continuamente de lo bien que lo han pasado allí. Y durante el resto de tu vida, te dirás “Sí, allí es a donde se suponía que iba a ir yo. Era lo que había planeado”
Y ese dolor nunca, nunca, nunca desaparecerá…. porque la pérdida de ese sueño es una pérdida muy importante.
Pero… si te pasas el resto de tu vida lamentándote por no haber podido llegar a Italia, nunca serás libre para disfrutar de las cosas tan especiales y tan maravillosas que tiene Holanda.
Por Emily Kingsley
Traducción: Carmen Saavedra
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